martes, 8 de febrero de 2011

Los Vellos no siempre son bellos

En La Bobada Literaria también nos preocupamos por la belleza. Por eso, hoy quisimos presentar uno de los comunicados más sensuales e ilógicos que hemos recibido en años: viene directamente de la agencia que tiene más claro que para ser jefe de prensa no se necesita siquiera saber escribir su propio nombre sino bombardear a los periodistas con calendarios y llamadas impertinentes. No, no es Fabiola Morera –la Negra Candela de las relaciones públicas–, es Guiomar Jaramillo –cuyo nombre ya es suficiente razón para no creerle nada y a quien, por su forma de saludar a las personas, deberíamos decirle Guiomi–. Lean la siguiente joya literaria y decidan si eso cuenta como comunicado de prensa o como haiku:

Te invitamos a dar tu opinión acerca de los Vellos no tan bellos
1
Los vellos en el cuerpo son:
Indeseables
Sexys
No le incomodan
2
Le aconsejaría a una persona que elimine los vellos del cuerpo que a su juicio se ven mal
No
3
Los vellos no deseados con más frecuencia son los que aparecen en:
Piernas
Caras
Todo el cuerpo
4
Desearía eliminar los vellos definitivamente
No
5
Quienes son más tolerantes a los vellos
Hombres
Mujeres

jueves, 3 de febrero de 2011

Encuesta sensible

Una vez más soportamos una semana de bobadas. No es que seamos monotemáticas, sino que el país es monotemático: un día sin carro en una ciudad sin alcalde, un conflicto internacional sobre el que nos hacemos los expertos pero no tenemos ni el conocimiento de Diana Uribe, una bacanal paraca en una cárcel y otras tantas en las bases militares, un acusado de nexos parapolíticos que niega su reunión con un delincuente diciendo que ese día estaba en un motel con una amiguirris, los policías demostrando que son muy buenas personas y Vicky Dávila.

Pero, al margen de todo, la bobada que más se mueve –incluso más que la chocha política– es esta que está usted leyendo en este momento, seguramente porque no tiene nada más que hacer gracias al másmásmástrabajomejorremunerado de Juanma. Así como todos los ociosos que votaron en nuestra tradicional encuesta, que se preguntaba por la serie de mitos que se han difundido alrededor de las identidades y otras intimidades de las bobas autoras de este boblog. A la pregunta de quién financia este ridículo espacio, un 23% atinó a decir que la industria del porno gay neoyorquino, lo cual es muy cierto: una de nosotras pagó sus años de vida sibarita en Nueva York como extra del degénero cinematográfico favorito de nuestros congresistas. El 8% que dijo que nos finacia el bebé de Andrés Hoyos no estuvo del todo errado: en efecto y a pesar de la oposición de su madre, el bebé más intelectual de Colombia invirtió un 8% de su fortuna en nuestra causa, lo que ha sido suficiente para sostenernos un par de años y, seguramente, alcanzará para un par más. A la pregunta sobre qué son los que escriben la bobada, los colombianos demostraron que las opiniones están multiplicadas: mientras que el 39% sostiene que somos tres travestis prostitutos de Chapiyork, un 29% está convencido de que somos tres bobos con suéter. En lo que casi no se ponen de acuerdo fue en la otra forma en la que malgastamos nuestro tiempo, además de hacer este blog, pero al final quedó claro: enseñándoles redatsión y hortografía a los hermanos Uribe Moreno; cosa que, claramente, es tiempo perdido, por lo que estamos a punto de cancelar esa licitación. También predicen que nuestro libro será sobre el fundillo literario colombiano. Y tienen razón. Tampoco hubo dudas en la pregunta sobre cómo nació este desecho del mundo virtual y un abrumador 42% descubrió la verdad: fue un día en que nuestros periodos menstruales se sincronizaron y estábamos muy sensibles. Así como estamos ahora, por lo que nuestra encuesta de hoy se basa en la sensible semana que acaba de pasar:

¿Qué es lo que lo hace sentir más bobo del día sin carro?
Que hasta los que toman TrasMilenio todos los días salen en bicicleta para sentirse mejores personas.
Que no estén incluidos los taxis.
Que la contaminación es la misma de cualquier día.
Que escondiendo los carros creemos que se acaban los trancones.

¿Qué conoce de Egipto?
El pasito del meneito.
“Walk like an Egyptian”.
La plata que me gané en la última pirámide.
La historia contada por Diana Uribe.

¿Qué sería capaz de hacer por entrar a una fiesta en La Picota o en Tolemaida?
Volverme amigo de alguien tan honrado como Roy Barreras.
Nada, para juntarme con paracos puedo ir a Chachá.
Votar la reelección de Juan Manuel Santos.
Dejar de mendigarle un RT a @DanielSamperO.

¿Cuál es su excusa favorita?
Que estaba con una amiga en un motel.
Que lo que hice fue una tradición cultural que ustedes no entienden.
Que lo que sucedió fue a mis espaldas (guiño, guiño).
Que se me chispotió.

¿Cuál será el escándalo de la semana que viene?
Dos sacerdotes se grabaron apaleando judíos en Chigorodó.
Un preso por parapolítica es visto de fiesta en una carroza del Carnaval de Barranquilla.
Un congresista es encontrado en un reconocido prostíbulo capitalino cuando debía estar en una sesión.
Juanes se divorcia para casarse con Shakira.

El mundo al bobo: hoy, Daniel Petardo en Nueva York

Tenemos un chisme para nuestros lectores: la gente de Discovery: Trouble & Living está interesada en los derechos de nuestra interesante sección El mundo al bobo. Por eso, decidimos invertir un poco más de la cada vez más exigua fortuna de la familia Petardo enviando a Daniel a La Gran Manzana –que no es la miscelánea de discos baratos y útiles escolares que le hace competencia a la Panamericana en Bogotá– para que nos contara sus impresiones de la ciudad que, hasta la aparición de Delfín Quishpe, no era más que un arrume de edificios sin ninguna gracia. Daniel prefiere llamarla simplemente NY porque ya se siente como en casa. Póngase la mano en la barbilla e intente entender esta espectacular crónica urbana.

Relato de Navidad en la Gran Manzana

Nueva York es tan cool que hasta reciben tarjetas de crédito en los puestos ambulantes.

Después de que me requisaran en el aeropuerto como si tuviera cara de talibán, descubrí por qué NY es la capital del mundo: en un planeta hostil, nada más característico que tratar a los que entran como si fueran potenciales terroristas. Pero entré, aunque fue por el aeropuerto de New Jersey y desde que crucé el Hudson River supe que este se convertiría en mi nuevo hogar: es que NY es el mundo entero apeñuscado en unos cuantos cientos de calles. Chinos, japoneses, hindúes, petroleros texanos, raperos de cualquier color de piel, chinos japoneses, modelos de Vogue, Homero Simpson, David Letterman, chinos, griegos, latinos, árabes, europeos, chinos, africanos, Julio Mario Santo Domingo, pero principalmente chinos: el mundo converge en NY.

La gente está tan mezclada que los colombianos pasan desapercibidos. A menos que no tengas dinero para pagar un hotel –el más barato cuesta cien dólares la noche y no tiene baño– y te toque quedarte en la casa de algún familiar colombiano. De resto, no se notan, y por eso pueden robar billeteras sin que la gente se dé cuenta.

En diciembre, Queens es como Medellín pero con otro tipo de nieve. Yo creo que hay más paisas que en Medellín y hasta los costeños hablan paisa. Y aunque vine a NY a comer natilla, a beber aguardiente y a escuchar a Los Cantores de Chipuco, también vine para saber a qué sabe el epicentro de la cultura del último siglo. Y sabe a comida china hecha en McDonald’s. Los periódicos, las cadenas de comidas rápidas y las vallas publicitarias están en mandarín. Algunos también en inglés, pero nadie los entiende. Y todo, desde un souvenir de un dólar hasta una chaqueta de treinta mil dólares en Louis Vuitton, es Made in China.

No es China, es el corazón de Nueva York.

Después de dos días subiendo de peso con buñuelos, frisoles y Pony Malta en Queens, por fin mi primo bogotano –que habla como paisa– me llevó al downtown. El metro olía a orines, tenía más dibujos inspirados en los Excusa2 que un baño público y al fondo un rapero pedía monedas. Por un momento pareció un bus de Bogotá pero sin las frenadas del conductor, hasta que anunciaron en un idioma ininteligible que estábamos en la Quinta Avenida con Calle 59; con sólo saber que estaba en Manhattan, me sentí como en una película de Woody Allen y empecé a ver el mundo en blanco y negro, muy poético. Luego me di cuenta de que lo que pasaba era que había mucho esmog.

Lo que uno quiera lo puede conseguir en NY. Lo que más me gustó fue la tienda Mac porque me confirma que soy más inteligente que Marijuli: únicamente éramos unos tres mil genios los que estábamos aglomerados en este espectacular cubo de vidrio. Pagué mil dólares por un iPad –¡estaban en sale!– que me servirá mucho para impresionar chicas en algún café Juan Valdez y que en dos años no servirá ni de pisapapeles. Ustedes, pobretones, vayan a comprar PC, yo me quedo con cualquier producto egoísta que empiece con i. Incluyendo iDiota.

iTrash, la nueva basura de Mac.

A pesar de la nieve, deambulé por el Central Park, donde una pareja de hipsters se inyectaba heroína orgánica libre de gluten, otros sombreritos andaban en sus bicicletas panaderas y unos cuantos consumistas trotaban con sus tenis Made in Tailandia –qué out, para estar a la moda neoyorquina lo que uses debe ser Made in China–. Los animales del zoológico, al igual que yo, estaban congelados. Sin embargo, en un punto del parque estaban rodando una comedia romántica con Meg Ryan y Tom Hanks. Se va a llamar ¿Tienes un iPad? y no me la voy a perder. Es que NY es muy intelectual. Tanto, que recordé que Woody Allen debía estar también acá, corriendo en pantaloneta como en Todos dicen que te quiero. Lo busqué. Me fui detrás de cada viejo que vi para preguntar si era él. Pero, aunque todos estaban medio locos y eran hipocondríacos, ninguno estaba casado con la hijastra, también Made in one of the two Chinas.

La noche cayó muy temprano y tuvimos que volver a Queens a rezar la novena, a bailar merengue con mis tías y a comer lechona. Al día siguiente hicimos algo más sofisticado: fuimos a comprar regalos para la familia en lo único chino Made in NY: Chinatown –que suena más sofisticado si se pronuncia en inglés–. La muchedumbre, el olor a manteca quemada y los charcos de nieve derretida me hicieron sentir como en San Andresito, con algunas diferencias: acá lo que venden es más pirata que un editor de Oveja Negra y viene con garantía –la garantía de que se va a dañar después de un mes– y hablan y escriben el inglés peor que los contrabandistas y los vicepresidentes colombianos. Para subir la adrenalina, nos metimos por un zaguán de cincuenta metros –al estilo de las trincheras del Vietcong– hasta llegar a una bodega llena de carteras Guchi, Parda y Carolina Errera al precio de un llavero en Totto. No sobra decir que mis tías quedaron encantadas con los regalos.

Esa noche fuimos a una pelea de boxeo en el Madison Square Garden y, aunque sigo sin entender qué tiene de deportivo darse en la jeta, sentarme al lado de lo más selecto de la basura blanca americana me hizo sentir uno de ellos. Hasta tomé Budweiser, el basuco de los gringos; con tanta gente gritando y derramando vasos gigantes de cerveza, uno no se puede resistir. Tampoco me pude resistir a otra noche de Pastor López, tamal, chorizo con arepa y Cerveza Águila. Después de tanta cerveza, tampoco me pude resistir y dejé que mis pantalones olieran a Chinatown.

Llegó el 24 de diciembre y tuve que huir de mi familia: les dije que iba a comprar panela a la tienda de la esquina pero me fui a comprar Pamela. Terminé en el MoMA. Siempre he sido un fanático del arte conceptual, especialmente porque no lo entiendo pero me parece interesantísimo posar de conocedor poniéndome la mano en la barbilla y diciendo conceptos como "este cuadro denuncia a las mujeres que se prestan a la farsa de una monarquía femenina como alegoría de la discriminación de las mujeres en la vida republicana". En las instalaciones del museo había videoinstalaciones, coproinstalaciones, electroinstalaciones, frutoinstalaciones, fonoinstalaciones y fideoinstalaciones. Que viva San Andy Warhol. Alrededor del museo venden un montón de arte que pienso comprar cuando mi papá me mande el próximo giro. Que viva San Andre Sito.

Nueva York huele a Warhol, a Capote, a Dalí y a cadáver de Lennon, que encarnan el significado del vocablo del spanglish "MetLife".

Aproveché mi escape para ir al Empire State –no subí porque me gasté toda la plata en el Mac Store, adonde regresé para comprarme una mesa para usar el iPad en el inodoro (costó setecientos dólares) y otra para usar el iPad en la silla del bus (a quinientos dólares en sale)–; también fui al Rockefeller Center con su pista de hielo –la fila para patinar media hora se demoró cuatro horas–; incluso fui a ver el Ground Zero –el hueco de las Torres Gemelas–. Pero, sin darme cuenta cómo, terminé en un concierto de las Gemelas Torres en un restaurante paisa, comiendo chicharrón y natilla, bebiendo aguardiente, hablando un spanglish más fluido que el de Sofía Vergara y llorando hasta las siete de la mañana del 25 de diciembre con mi familia, que no sé por qué extraña a Colombia si en Queens son más colombianos que en el Valle de Upar. Tanto que prefieren al Niño Dios que a Santa Claus y a J Balvin y las pandillas que a Alvin y las ardillas.

Este músico callejero es uno de los precursores del hop hip.